Justicia

Vienen días en que yo confirmaré las buenas promesas que he hecho a la casa de Israel y a la casa de Judá. 

—Palabra del Señor. 

Cuando llegue el día y el momento, haré que de David surja un Renuevo de justicia, que impondrá la justicia y el derecho en la tierra. En esos días Judá será salvado, y Jerusalén habitará segura y será llamada “El Señor es nuestra justicia”. 

Jeremías 33: 14-16

Rectitud es una de esas palabras que no escuchamos muy a menudo, a menos que se refiera a nuestra “justicia propia”. Y todos sabemos lo que significa eso: hipocresía y orgullo, una bondad falsa superpuesta a todos los mismos pecados que sabemos que también tenemos. Ese tipo de justicia le apesta al cielo. ¿Quién quiere algo así?

Y, sin embargo, la verdadera justicia es muy deseable. La gente pasa mucho tiempo tratando de hacer buenas obras, trabajando arduamente para guardar los mandamientos, tratando de descubrir qué es lo correcto, para hacerlo. Conversamos mientras tomamos café sobre qué es lo correcto. Discutimos en Twitter y Facebook al respecto. Contamos con departamentos y códigos de ética. En el fondo de nuestro corazón, sabemos que la bondad es algo bueno y queremos tenerla. Y nos sentimos avergonzados y culpables cuando nos damos cuenta de que no estamos a la altura de ese estándar tan alto. Lo que para la mayoría de nosotros es todos los días.

Así que este es el asunto: somos personas que quieren ser rectas, personas que lo intentan, personas que no pueden lograrlo. ¿Qué esperanza hay para nosotros?

A nosotros Dios nos dice: “Haré que de David surja un Renuevo de justicia, […] y será llamada ‘El Señor es nuestra justicia”.

Dios sabe que no podemos hacernos justos nosotros mismos, por mucho que lo intentemos. Por eso nos dio la promesa de Jesús. Jesús, el Hijo de David, vino a cumplir todas las promesas de Dios y a hacernos justos, no por nuestro poder, sino por el suyo. Él es Aquel que dio su vida por nosotros, para rehacernos como seres humanos limpios, puros y completos, personas de la manera en que Dios quiso que fuéramos. De eso se trata la cruz. Él tomó nuestro quebrantamiento sobre sí mismo. Murió de eso. Y luego resucitó de entre los muertos, victorioso sobre todo, y comparte su victoria de Pascua con nosotros.

Ahora tenemos una justicia real, no una que hicimos nosotros mismos, sino una que Dios hizo. Ahora no tenemos que avergonzarnos, porque cuando Dios nos mira, nos ve en Jesús. Él es nuestra justicia y ya no tenemos por qué avergonzarnos. Él es nuestro y nosotros somos suyos.

ORACIÓN: Señor, tú eres mi justicia. Ayúdame a confiar en ti y no en mis propias acciones. Amén.

Dra. Kari Vo

Para reflexionar:

* ¿Alguna vez has hecho todo lo posible por ser perfecto?

* ¿Cómo te libera el don de la justicia de Jesús?

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