Enterrando el pasado | Devocional de Cristo Para Todas Las Naciones CPTLN - Chile | 06032019

Enterrando el pasado

… y por último se me apareció a mí, que soy como un niño nacido fuera de tiempo. A decir verdad, yo soy el más pequeño de los apóstoles, y no soy digno de ser llamado apóstol porque perseguí a la iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no ha sido en vano, pues he trabajado más que todos ellos, aunque no lo he hecho yo, sino la gracia de Dios que está conmigo.

1 Corintios 15:8-10

 

Parecería que el apóstol Pablo le debe haber costado mucho convencer a las personas acerca del mensaje de Jesús. Digo esto en términos humanos, por supuesto, porque es el Espíritu Santo y la Palabra de Dios lo que nos mueve a la fe. Pero en este mundo a menudo se nos conoce por la reputación que nos precede, y para Pablo hacer un cambio tan radical y predicar el Evangelio de un judío común por el cual antes perseguía a otros, no era algo fácil de vender.

 

Cuán a menudo, al predicar, debe haberse topado con quienes sintieron su flagelo fariseo de su vida anterior a Cristo. ¿Cuántas veces le fue necesario derribar muros de resistencia para que su mensaje pudiera encontrar oídos listos para escuchar? Después de todo, debe haber habido personas en su audiencia que conocían o tenían familiares que habían sido golpeados o encarcelados por simpatizar con las enseñanzas de Jesús.

 

Antes de que Jesús se le apareciera a Pablo (quien entonces se llamaba Saulo), este estaba decidido a eliminar cualquier cosa que amenazara al judaísmo. ¡Lejos de él no defender la fe monoteísta y las tradiciones rabínicas que tanto admiraba y defendía! Aplastar a esos tontos que tuvieron la audacia de creer, y aún más la descarada audacia de esparcir, las mentiras viles de un carpintero muerto, bueno, eso era un trabajo que valía la pena hacer.

 

Saúl, el vigilante religioso, buscó desarraigar y destruir a cualquiera o cualquier cosa que oliera a Cristo. Armado con órdenes de marcha de sus superiores fariseos, tenía una misión: purgar el campo de esos blasfemos viles. Y así lo hizo observando, al menos en una ocasión, el horroroso asesinato de Esteban, un seguidor de Cristo y defensor valeroso y abierto del Evangelio. Lucas registra el suceso en el libro de Hechos. “… y lo sacaron de la ciudad y lo apedrearon. Los testigos falsos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo… Saulo estuvo de acuerdo con la muerte de Esteban… Saulo hacía destrozos en la iglesia: entraba a las casas, y arrastraba a hombres y mujeres y los llevaba a la cárcel” (Hechos 7:58; 8:1a, 3).

 

¡Cómo debió haber sido perseguido Pablo por su brutal pasado después de recibir a Jesús como Señor y Salvador! ¡Cuánto estrés debe haberle producido al encontrarse solo, con frío y hambriento en una celda húmeda de la prisión, esperando lo desconocido! Podemos imaginar sus pensamientos: ¿Qué me harán mis captores ahora que las mesas están cambiadas? ¡Ahora yo soy el paria, compartiendo las mismas Buenas Nuevas por las que perseguí a otros!

 

Pero a través de todo, Dios lo sostuvo, le dio la victoria sobre el pecado: la nueva vida en Cristo y el honor de dar su vida por el Evangelio.

 

ORACIÓN: Padre celestial, lo que puedes hacer de la escoria de nuestras vidas no tiene límites. Recuérdanos que en la muerte de Cristo has enterrado nuestro pasado, y en su resurrección nos has dado una vida nueva para servirte a ti y a nuestro prójimo. En el Nombre de Jesús oramos. Amén.

 

 

Paul Schreiber

 

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Mala suerte

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. 1 Juan 1:9

 

¿Alguna vez tuvo un día de esos en que todo le salía mal, en que parecía que la mala suerte no lo quería dejar en paz?

Así debe haberse sentido un joven de 29 años que fue acusado de manejar estando alcoholizado. No tenía mucho sentido que se defendiera, ya que había chocado de atrás a una camioneta. Como si eso fuera poco, dentro de la camioneta había varios policías, y para empeorar aún más las cosas, eran policías de los que van a distintos lugares a enseñar acerca de los peligros de manejar cuando se toma alcohol.

Usted y yo sabemos que lo que le pasó no fue porque tuviera mala suerte. Simplemente quebrantó la ley y tuvo que pagar el precio. Gracias a Dios que no mató a nadie.

Muy a menudo, cuando pagamos las consecuencias de nuestros errores, le echamos la culpa a la mala suerte, cuando en realidad tendríamos que decir: “Señor, me equivoqué”. O mejor aún: “Señor, perdóname porque me equivoqué”, sabiendo que nuestro Señor perdona a todo pecador arrepentido, y hace borrón y cuenta nueva.

Dios siempre está dispuesto a perdonar el pasado y a darnos fuerza para el futuro. Y yo, personalmente, prefiero confiar en él antes que esperar tener “buena suerte”.

ORACIÓN: Querido Señor, sé que te puedo confiar con todo mi corazón, con toda mi alma, y con toda mi mente. Dame la fuerza que necesito para admitir mis pecados y mantenerme en el camino recto que tú tienes preparado para mí. En el nombre de Jesús. Amén.

 

De una devoción escrita originalmente para “By the Way”

Publicado en Paraelcamino.com

 

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